Luna en Cáncer/ Encontrarme

Luna en Cáncer

Me encojo. Me repelo, me asfixio con mi sabor. Me cubro los ojos, me refugio y me resisto hasta el cansancio. Me sumerjo íntima, me meto tanto, me entrego tanto, que cuando salgo no sé bien dónde estoy. Quién soy. Qué quiero. La mayoría de las personas que están seguras de quiénes son -si es que existen- probablemente no se lo pregunten demasiado.
Qué extraña manera de evitar, qué manera extraña de ser y de vivir, peleadas con nosotras mismas sin saber por qué, llorando de noche y de día y simplemente, no sabiendo cómo volver a brillar. No sé cómo dejarme de preguntar. No sé. Y no sé cómo averiguarlo.
Pelearse con alguien implica una relación de a dos. Pero peleándose con una misma ¿quién es esa primera persona? ¿y quién aquella segunda? Por qué será que que a la hora de castigarnos nos creamos, nos reconocemos este demonio interior, este producto fallado de una sociedad en decadencia que se enfrente con esa niña que solamente quiere que le digan que está bien, recibir la aprobación que no consigue fabricar y ser feliz. O al menos dejar de estar triste. Reconocemos, al fin y al cabo, una compañía dentro nuestro. Me pregunto por qué solamente reconocía esta persona cuando mi mente estaba ocupada por odio, ira, tristeza o las tres juntas, pero cuando me sentía sola y en verdad necesitaba de aquella misma presencia, su existencia quedaba en el fondo del placard, olvidada, sin aparente importancia.
A veces cuando mi perro duerme, en un principio admiro su quietud, la manera en que su pelaje esta peinado en perfecto desorden, sus ojos están casi cerrados del todo, su hermosura me encoge. Pasada la admiración me invade una terrible sensación de terror, que me encoge, me repele y me asfixia, miro su panza y espero observarla subir y bajar mecánicamente. Espero su respiración mientras la mía se paraliza. En pausa. Como si el tiempo pudiera detenerse alrededor, en mí estuviera el poder para que el universo me diera privilegios especiales y mi perro viva para siempre.
Es mentira para mí, eso de que lo primero que se pierde es la cabeza, quizá sea la relación que compartan las personas en tu cabeza, podría hasta el último instante, perseguirte. Primero se desvanecen tus pies, se desvanece el suelo y lo que queda de las piernas se arrastra y se ensucia, se endurece, se muere. Los síntomas ascienden por tu cuerpo, se repite el ciclo.
Me acuesto sin fuerzas, aterrizo en mi colchón, fuerte, despacio, se doblan las sábanas, mi carne se retuerce entre los pliegues, es de noche pero me inunda un gris intenso de aquellos días donde el cielo se carga de lluvia, pero no cae una sola gota. Levanto la mirada, ligeramente la giro a la izquierda, miro sin mirar a través de mi ventana
Hace un tiempo, sentadas en su balcón, Rita me dijo; 'tenes tanta luz y a la vez tanta oscuridad'. Lo que más me acuerdo es que no podía entender cómo lo podía notar. No era consciente de mi transparencia, pero si era consciente de que cuanto más integraba mi oscuridad, más podía brillar.
La verdad es... que me extraño un montón. Quisiera dejar de taparme los ojos y asfixiarme con mi propia respiración. Quisiera volver a encontrarme, y que la búsqueda sea solo un segundo, solo el subibaja de una pancita, el impulso del viento, el agua deslizándose justo antes de caer sobre las hojas de los árboles.
Quisiera saber cómo. Cómo encontrarme.

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