Luna en Cáncer/ El enigma de los triángulos

Luna en Cáncer + Luna en Virgo

Pensaba en las triangulaciones del universo. Fluía con los trazos de su lapicera, negra, serpenteante yendo a ninguna parte mientras en el fondo de ladrillos desnudos un profesor da una clase que a él no le interesa. Las imaginaba como aquel juego que jugaban en primaria, usando las dos manos y una de esas gomitas marrones, una persona la extendía entre dos dedos de cada mano y luego la torcía y la volvía a torcer encastrando algunos extremos en los opuestos, hasta que se formaba una figura. No recordaba qué pasaba después de eso, si había una segunda persona que intentaba descifrarlo sacando algunos extremos hasta desenredar el enigma de los triángulos por completo. Lo que si recordaba, como una imagen fija en la mente, eran sus manos repitiendo mecánicamente las vueltas con la gomita hasta llegar a la figura deseada, y así, así era como imaginaba al universo.
Unido constante e invisible ante las incapacidades de les mortales, como hilos conductores que conectaran a los planetas entre sí, a las constelaciones moviéndose uniformes y paralelas como una bandada de pájaros un segundo suspendidas en la inconmensurabilidad.
La naturaleza también la veía como números perfectos cargados de tal propósito, un camino exento de dudas y preguntas, colmado de afirmaciones y certezas. En mayor o menos medida, contemplaba a la sociedad de la misma manera; una red de personas conectadas por fuerzas invisibles ante la desnudez de nuestros ojos. Imaginaba, a veces, a los seres humanos cuando creíamos desenvolver el ovillo para amarrarlo a personas o posesiones materiales, anclando nuestros pies como por cadenas que nos volvieran dependientes de aquel o aquello otro. Se ríe, seca y rápidamente, de algunos bancos lo miran, a él no le importa o le importa demasiado. Se ríe porque reconoce la inutilidad del hecho y la realidad de que ni él mismo de salva de él.
Franco, escucha. Agacha la cabeza en señal de perdón, y todo eso, ya pasó.
Comprendo, se dice para sus adentros, en la linealidad que concebimos, la entropía ensimismada, el tiempo es siempre positivo, siempre avanza y todo aquello que sucedió, ya pasó. ¿Dónde están todos esos recuerdos?
No podía evitar preguntarse por su memoria, cuan reales eran cada una de las cosas que vivía y a dónde se iba todo lo que aprendía? ¿Acaso la muerte es un final para quien muere pero un mientras tanto para les que siguen vives? Si yo muriera en este instante, ¿recordaría el profesor haberme llamado la atención y quienes se dieron vuelta en su banco recordaran mi risa parca?
Pierdo demasiado tiempo pensando en cosas que no me llevan a ningún lado, pensó.
Mientras trataba de entenderlo, el tiempo y el sentido se le adelantaban, escapando de entre sus manos y los triángulos formaban círculos a su alrededor.
Levanta la mano, le pregunta a Pablo, el profesor, si tiene permiso para ir al baño. Vuelve a repetirse lo estúpido que es tener que pedirle permiso a alguien para ir a mear, como si satisfacer o no las necesidades de unx dependieran de la persona que tiene la autoridad. Volvió a reírse rápida y secamente pero esta vez nadie lo escuchó. Camina como siempre, desganado pero con esa soltura que la gente interpreta como superioridad. Dobla por el pasillo que conducía a los baños y se apoya en la puerta de frente al espejo, se mira y piensa, se mira y habla, se mira y siente.
La naturaleza afirma su sentido y ya, mientras que los seres humanos sentimos la imperante necesidad de encontrarlo y de entenderlo además de descifrar el escenario del tiempo en el cual todo lo que hay y todo lo que alguna vez hubo, transcurre.
Terminado su monólogo frente a su propio reflejo; lánguido, alto, apenas con algunos rulos en la mata marrón de su cabeza. Encontraba mucho más fácil hablarse a sí mismo, solo, en el baño, donde la necesidad de saberlo todo; el propósito y el desenlace de su finitud, se veían quietos en la superficie de vidrio. Lánguida, en alto y retorciéndose, de la punta del ovillo pende su cabeza, en triangulación perfecta, secreta. Saca un marcador azul y escribe en la pared donde ya tantas otras cosas fueron escritas; 'El sentido no se busca, él te encuentra'.

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