Luna en Libra/ Hermandad o astidio
Luna en Libra
Se sentía a ella misma, consumida, ensimismada entre sábanas blancas que no le pertenecían. Él no lo entendía, ni siquiera buscaba entenderlo.
Darlene exigía respeto.
Lo buscaba como un perro callejero rogando por comida entre almacenes llenos de gente vacía. Se hacía un ovillo en la oscuridad y lloraba a tres camas de distancia, por qué, se preguntaba. ¿Sentía acaso que se merecía la falta de comida y la sed que la consumía? Vagaba como perro sin su dueño en los rincones de alguna ciudad. Porque así se sentía, ni siquiera como dueña de ella misma, sin un lugar de pertenencia. Desesperadamente construía paraguas, rápidos, en situaciones espontáneas para protegerse de ella misma en vista de les demás.
Hay tanta gente inútil en este mundo perdido, pensaba.
Y al pesimismo le seguía un incesante intento de esperanza, de comprendimiento, de hacerle llegar a Franco su angustia.
Una lágrima por cada situación en la que se sentía infinitamente pequeña, cada desilusión y descuido de su desmesura en forma de palabras. La golpeaba la certeza de su exigencia por pensar que su relación mejoraría si ella hacía todo bien. Un círculo vicioso que arrimaba la punta de una sociedad patriarcal constantemente en busca de su aprobación de él, varón, que más allá del lazo que los unía se sentía -consciente o inconsciente- con el privilegio de exigirlo. Atada -consciente o inconscientemente- a la validación del otro antes que la propia.
Pero el ovillo se hacía más pequeño, el vacío se hacía más oscuro y más profundo cada vez que se recordaba no esperarlo, no exigirlo, una secuencia de negaciones para afirmar su propia seguridad, la ilusoria sensación de que a fin de cuentas ella era dueña de su propia convicción y aún así, al sonar su celular, seguía soñando con un 'perdón'. Seguía esperando de él, lo que no podía darse ella misma.
Hay gente ajena en esta habitación, pensaba, hay oídos que escuchan mis sollozos y estoy segura que los que importan también, pero no sé si se permite reconocer su importancia.
Retumbaba sus pensamientos en su cabeza; ¿Tiene que ver esto con que soy mujer? O la gente se siente así más allá del mundo en el que se encuentren, porque les dos vagamos vagabundos en esta existencia sin nada más que nuestros cuerpos y las ilusiones que le atamos a los otros muñecos.
Aún así cargaban en sus espaldas con las heridas y la sal que alguien echó en ellas, un par de frazadas, alguna que otra sustancia y una botella de agua. A veces creía que solo se cargaba a ella misma para sentir el peso material en vez de su dolor. O quizá era el dolor que sentía, el que necesitaba materializar.
El problema era que no podía librarse de ninguno de los dos, y por más que tratara de olvidarse de ello, seguía arremetiendo en contra suyo, intentando que al menos le dedique un poco de atención.
-Soy tu hermana, dijo casi con miedo. Rezaba desesperada en medio de su ateísmo, no quería testigues de su desnudez.
Su corazón de rompía cada vez que Franco le respondía 'No me rompas las pelotas'.
Así de ínfima era su pequeñez, la fragilidad sentirse una molestia incomprendida como caminando en puntitas de pie, como la sensibilidad de la piel de un viejx, que sangra ente la mínima mordedura. Así de ínfima su pequeñez en medio de una habitación vacía.
No hay peor soledad que esa que se siente aún rodeada de tu gente.
Se sentía a ella misma, consumida, ensimismada entre sábanas blancas que no le pertenecían. Él no lo entendía, ni siquiera buscaba entenderlo.
Darlene exigía respeto.
Lo buscaba como un perro callejero rogando por comida entre almacenes llenos de gente vacía. Se hacía un ovillo en la oscuridad y lloraba a tres camas de distancia, por qué, se preguntaba. ¿Sentía acaso que se merecía la falta de comida y la sed que la consumía? Vagaba como perro sin su dueño en los rincones de alguna ciudad. Porque así se sentía, ni siquiera como dueña de ella misma, sin un lugar de pertenencia. Desesperadamente construía paraguas, rápidos, en situaciones espontáneas para protegerse de ella misma en vista de les demás.
Hay tanta gente inútil en este mundo perdido, pensaba.
Y al pesimismo le seguía un incesante intento de esperanza, de comprendimiento, de hacerle llegar a Franco su angustia.
Una lágrima por cada situación en la que se sentía infinitamente pequeña, cada desilusión y descuido de su desmesura en forma de palabras. La golpeaba la certeza de su exigencia por pensar que su relación mejoraría si ella hacía todo bien. Un círculo vicioso que arrimaba la punta de una sociedad patriarcal constantemente en busca de su aprobación de él, varón, que más allá del lazo que los unía se sentía -consciente o inconsciente- con el privilegio de exigirlo. Atada -consciente o inconscientemente- a la validación del otro antes que la propia.
Pero el ovillo se hacía más pequeño, el vacío se hacía más oscuro y más profundo cada vez que se recordaba no esperarlo, no exigirlo, una secuencia de negaciones para afirmar su propia seguridad, la ilusoria sensación de que a fin de cuentas ella era dueña de su propia convicción y aún así, al sonar su celular, seguía soñando con un 'perdón'. Seguía esperando de él, lo que no podía darse ella misma.
Hay gente ajena en esta habitación, pensaba, hay oídos que escuchan mis sollozos y estoy segura que los que importan también, pero no sé si se permite reconocer su importancia.
Retumbaba sus pensamientos en su cabeza; ¿Tiene que ver esto con que soy mujer? O la gente se siente así más allá del mundo en el que se encuentren, porque les dos vagamos vagabundos en esta existencia sin nada más que nuestros cuerpos y las ilusiones que le atamos a los otros muñecos.
Aún así cargaban en sus espaldas con las heridas y la sal que alguien echó en ellas, un par de frazadas, alguna que otra sustancia y una botella de agua. A veces creía que solo se cargaba a ella misma para sentir el peso material en vez de su dolor. O quizá era el dolor que sentía, el que necesitaba materializar.
El problema era que no podía librarse de ninguno de los dos, y por más que tratara de olvidarse de ello, seguía arremetiendo en contra suyo, intentando que al menos le dedique un poco de atención.
-Soy tu hermana, dijo casi con miedo. Rezaba desesperada en medio de su ateísmo, no quería testigues de su desnudez.
Su corazón de rompía cada vez que Franco le respondía 'No me rompas las pelotas'.
Así de ínfima era su pequeñez, la fragilidad sentirse una molestia incomprendida como caminando en puntitas de pie, como la sensibilidad de la piel de un viejx, que sangra ente la mínima mordedura. Así de ínfima su pequeñez en medio de una habitación vacía.
No hay peor soledad que esa que se siente aún rodeada de tu gente.
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