Luna en Cáncer/ Atolondrada
Luna en Cáncer
Atolondrada: Que actúa o procede sin reflexión.
A veces pensaba que podía llegar a medir su vida, como con una lupa o un viejo termómetro, registrando cada vez que el mercurio tocaba la flechita roja, marcando con colores punzantes; que la había cagado. O también acercando la lupa al mapa, y daba en cuenta que aquel manchón negro que creía imperceptible, le estaba costando toda la obra.
Períodos, procesos, altibajos emocionales y todos los combos de la vida moderna podían medirse de la misma manera; ¿Cuánto tiempo aguantaste sin cagarla? ¿Cuánto tiempo llevas resistiendo tus impulsos? Los años pueden medirse en fracasos, en todas aquellas cosas que derrumban la torre de naipes que cuidadosamente forjaste todo el año, los colores que compraste con la plata del laburo, transpirando la casaca, los dibujitos que le hiciste a la puerta y a las ventanas, las buenas notas, el esfuerzo, los amores y cada desamor que navegaste victoriosa, con agujas en el pechos y agujeros en la vela, después de cada tormenta, de caerte al mar y sentir que te ahogas, acá estás, sobreviviste. Pero también sentía que la gente no la entendía. No entendía lo difícil que era la vida para ella, lo que cuesta la vida, el Indio dice que vivir solo cuesta vida, pero... ¿sabes lo que cuesta la vida?, se decía a si misma. Al final las peores juezas somos nosotras, con la violación cerebral de un chip que codifica nuestros ojos y nadie nunca pidió.
Tantas veces se sentía así, frágil, navegando en un barquito en altamar, sola y perdida, guiándose con las estrellas, como si fueran un hilito de luz, su único cable a tierra que tira de un destino que no alcanzaba ni a atisbar. Las que eran como ella, buscaban desesperadamente, angustiadamente y siempre, pero siempre dramáticamente; una persona que entienda su fragilidad. Somos sensibles al mundo, decía dentro de sus confines. Condenadas a una libertad que no conoce límites, una libertad sin reflexión; una libertad atolondrada. Caían como moscas, aquellos encantados por el halo de su inmensa libertad, aquella espontaneidad y el simple hecho de que les demás no parecían para ella contar. Hipnotiza la valentía de aquellas a las que la opinión del mundo, no parece importar. Pero aquella libertad es peligrosa, roza la conducta libertina de quien peca en la ignorancia de no registrar al otro. ¿Pero era aquella en verdad valentía? ¿Es valiente quien no hace carne consecuencias y simplemente se lanza al vacío? ¿Es valiente aquelle que no siente miedo? ¿Es valiente quien ama los desafíos y ante ellos los camina deseosa? O la valentía es en verdad aquella que siendo consciente de todo lo que hay para perder, da el paso y arrima sus pies al oscuro e inminente agujero de la nada misma. Y sí, qué carajo es la valentía. Remoloneando en su lugar, creyó con todas sus fuerzas que al final la respuesta que más se acercaba a ser una respuesta es que cada una crea su propio significado de valentía para cruzar ese umbral, que para cada una es distinto.
El miedo a la mediocridad y a los errores rondaban arriba de aquella cabeza llena de universos, frágil y valiente y también de muchas más, frágiles, fuertes y confundidas. Ninguna está sola, pensó, eso es lo más bello de la vida, encontrarse con una y además en ese proceso, sentirse un poquito menos sola.
Y quizás todos sus errores, aunque en ese momento tanto le costaba verlo, eran oportunidades también. Y tan solo era el castigo panóptico de la maldita sociedad en la que vivía, autovigilando dentro de sus chips cerebrales, lo que no la dejaba ver.
Había descubierto y volvía a recordarse y recordarles, la confianza es la pérdida del miedo a equivocarse.
Con la misma que educaba su libertad, pensaba lunática, para todas sus queridas arianas atolondradas, bajo esta luna canceriana. <3
Atolondrada: Que actúa o procede sin reflexión.
A veces pensaba que podía llegar a medir su vida, como con una lupa o un viejo termómetro, registrando cada vez que el mercurio tocaba la flechita roja, marcando con colores punzantes; que la había cagado. O también acercando la lupa al mapa, y daba en cuenta que aquel manchón negro que creía imperceptible, le estaba costando toda la obra.
Períodos, procesos, altibajos emocionales y todos los combos de la vida moderna podían medirse de la misma manera; ¿Cuánto tiempo aguantaste sin cagarla? ¿Cuánto tiempo llevas resistiendo tus impulsos? Los años pueden medirse en fracasos, en todas aquellas cosas que derrumban la torre de naipes que cuidadosamente forjaste todo el año, los colores que compraste con la plata del laburo, transpirando la casaca, los dibujitos que le hiciste a la puerta y a las ventanas, las buenas notas, el esfuerzo, los amores y cada desamor que navegaste victoriosa, con agujas en el pechos y agujeros en la vela, después de cada tormenta, de caerte al mar y sentir que te ahogas, acá estás, sobreviviste. Pero también sentía que la gente no la entendía. No entendía lo difícil que era la vida para ella, lo que cuesta la vida, el Indio dice que vivir solo cuesta vida, pero... ¿sabes lo que cuesta la vida?, se decía a si misma. Al final las peores juezas somos nosotras, con la violación cerebral de un chip que codifica nuestros ojos y nadie nunca pidió.
Tantas veces se sentía así, frágil, navegando en un barquito en altamar, sola y perdida, guiándose con las estrellas, como si fueran un hilito de luz, su único cable a tierra que tira de un destino que no alcanzaba ni a atisbar. Las que eran como ella, buscaban desesperadamente, angustiadamente y siempre, pero siempre dramáticamente; una persona que entienda su fragilidad. Somos sensibles al mundo, decía dentro de sus confines. Condenadas a una libertad que no conoce límites, una libertad sin reflexión; una libertad atolondrada. Caían como moscas, aquellos encantados por el halo de su inmensa libertad, aquella espontaneidad y el simple hecho de que les demás no parecían para ella contar. Hipnotiza la valentía de aquellas a las que la opinión del mundo, no parece importar. Pero aquella libertad es peligrosa, roza la conducta libertina de quien peca en la ignorancia de no registrar al otro. ¿Pero era aquella en verdad valentía? ¿Es valiente quien no hace carne consecuencias y simplemente se lanza al vacío? ¿Es valiente aquelle que no siente miedo? ¿Es valiente quien ama los desafíos y ante ellos los camina deseosa? O la valentía es en verdad aquella que siendo consciente de todo lo que hay para perder, da el paso y arrima sus pies al oscuro e inminente agujero de la nada misma. Y sí, qué carajo es la valentía. Remoloneando en su lugar, creyó con todas sus fuerzas que al final la respuesta que más se acercaba a ser una respuesta es que cada una crea su propio significado de valentía para cruzar ese umbral, que para cada una es distinto.
El miedo a la mediocridad y a los errores rondaban arriba de aquella cabeza llena de universos, frágil y valiente y también de muchas más, frágiles, fuertes y confundidas. Ninguna está sola, pensó, eso es lo más bello de la vida, encontrarse con una y además en ese proceso, sentirse un poquito menos sola.
Y quizás todos sus errores, aunque en ese momento tanto le costaba verlo, eran oportunidades también. Y tan solo era el castigo panóptico de la maldita sociedad en la que vivía, autovigilando dentro de sus chips cerebrales, lo que no la dejaba ver.
Había descubierto y volvía a recordarse y recordarles, la confianza es la pérdida del miedo a equivocarse.
Con la misma que educaba su libertad, pensaba lunática, para todas sus queridas arianas atolondradas, bajo esta luna canceriana. <3
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