Luna en Libra/ La última
Luna en Libra
No me acuerdo de la primera vez, pero sí me acuerdo de todas las demás. No se puede apagar el recuerdo si alguna vez atravesó tu cuerpo, aunque lo sumerjas en la oscuridad.Y siempre, me acuerdo de la última.
Habían venido los pibes a casa; Pablito, Camilo y Tomi, tomamos las birras de mi cumpleaños. La luna acompañaba las cuerdas y el parlante no funcionaba, pero siempre sonaba la canción que queríamos escuchar. La cerveza estaba amarga y casi sin gas, las velas se encendían y se apagaban por el vientito de manga corta que acariciaba los cuerpos en el balcón de Bustamante. Reímos y bebimos, también nos abrimos y leímos nuestras letras, en algún momento el suelo de concreto y las rejas y mis plantas se barrieron en pastito recién cortado y chistes de los aspersores de Parque Las Heras. Llegamos no sé cómo, entre chanclas y uñas despintadas, toda la noche fue pura usura. Mi mamá entró justo cuando nuestro maravilloso invento hecho tan solo con una botellita de Seven Up, un encendedor y un finito se convirtió en la mejor pipa abortera. -¿Por qué el corrector no reconoce la palabra 'abortera', no?- Justo cuando se le encendió aquel mundo verde donde humeaban y quemaban y nadaban todos los elementos, la puerta corrediza se desliza y se asoma una cabecita rubia. Era mi vieja. Al principio pensé que no se había dado cuenta, pero aquello nos llevó al parquecito, cada unx con su vaso.
A la vuelta, compramos dos promociones de súper panchos en la esquina de mi casa. Las calles volvieron a escuchar las concavidades de nuestras gargantas. Los abracé y después, con mi perro en manos, crucé la esquina de Bustamante y Juncal. Caminaba tranqui, pensando en las últimas horas. Levanto la mirada cuando salgo del recuerdo, hay un tipo enfrente mío. Se acerca. Caminamos enfrentados, su pelo escaso parece el de un cura. Sus ojos son celestes, los recuerdo. Está a diez metros. Mi cara y mi cuerpo de transforman. Esta a ocho metros. Estoy alerta. Lo veo terminar de pasar el brazo por la manga de la mochila. Sus ojos no dejan de mirar. No dejan de mirarme. Esta a cinco metros. No parpadea. Siento que no hay nadie más en la calle o en este mundo más que nosotros dos. La clara transparencia está llena de oscuridad. Pienso a cuántas otras pibas miró así. Pienso en todas las cosas que esa mirada es capaz de hacer. Esta a tres metros. Mis pasos son firmes, rápidos, mi mirada está clavada en algo que no veo pero está enfrente mío. Lo miro también, no quiero perderme nada. No quiero perderme. Esta a dos metros. Me late el corazón, se me sale del pecho no veo nada todo es oscuro y sus ojos me hacen sangrar me cortan como el vidrio como cuchillas desde el interior de mi cuerpo. Acuchillan mi condición. Mi condición. Estoy sola. TENGO MIEDO. Dejo de respirar. Está a un metro, ahora yo no puedo dejar de mirarlo y no puedo dejar de querer mirarlo. Pasamos como dos trenes lentos y me rescato de que estoy del lado de adentro. No puedo moverme. Del otro lado hay dos contenedores de basura. Negros. Todavía no fueron sellados. Pienso en que no tengo salida. Mi mente dispara imágenes como una ruidosa ametralladora. Su cuerpo avalanzándose sobre mi, el aliento rancio a alcohol y destrucción y patriarcado. Tapándome por completo, estableciéndose sobre mí, tapando toda la luz. Apagándolo todo. Soy solo una figura en la ciudad. Ya no soy. Gritos llanto MIEDO. Está a medio metro. Sigo sin respirar. Dejo de sentir. Camino rápido. TENGO MIEDO.
Blanco.
Paso.
Ya está, me digo.
No está, me digo.
Miro para atrás, camino lo más rápido que puedo. Mi remera sin corpiño rebota. Quiero correr. Miro para atrás. Saco las llaves. Las tengo en la mano. Me había olvidado de Toto, se queda oliendo un tacho, lo llamo. Apreto fuerte las llaves. Miro para atrás. Desapareció. Llegué y solté todo el aire, todo el miedo, toda la injusticia, todo mi dolor. Todo nuestro dolor. Suelto y mi cuerpo se vacía y las pienso a todas. A todas. Me sostengo de la columna, me abren la puerta. Le agradezco a Antonio, miro fijo hacia adelante, todavía me duele el corazón. En la mitad del camino, justo abajo de la luz, me doy la vuelta. Lo miro a Antonio, le digo '¿No odias esos tipos que no dejan de mirarte? ¿Que parece que disfrutan de tu miedo?'. Se me queda mirando. Encoge mínimamente los hombros. O quizás me lo imaginé. Creo que no hizo nada. Creo que no entendió. Igual, le digo, Toto me salvaba. Fuerzo una risa, él fuerza la tuya, mueve la cabeza a un costado. Subo las escaleras, abro el ascensor.
Digo en voz alta; qué paja, que me tengan que salvar.
No me acuerdo de la primera vez, pero sí me acuerdo de todas las demás. No se puede apagar el recuerdo si alguna vez atravesó tu cuerpo, aunque lo sumerjas en la oscuridad.Y siempre, me acuerdo de la última.
Habían venido los pibes a casa; Pablito, Camilo y Tomi, tomamos las birras de mi cumpleaños. La luna acompañaba las cuerdas y el parlante no funcionaba, pero siempre sonaba la canción que queríamos escuchar. La cerveza estaba amarga y casi sin gas, las velas se encendían y se apagaban por el vientito de manga corta que acariciaba los cuerpos en el balcón de Bustamante. Reímos y bebimos, también nos abrimos y leímos nuestras letras, en algún momento el suelo de concreto y las rejas y mis plantas se barrieron en pastito recién cortado y chistes de los aspersores de Parque Las Heras. Llegamos no sé cómo, entre chanclas y uñas despintadas, toda la noche fue pura usura. Mi mamá entró justo cuando nuestro maravilloso invento hecho tan solo con una botellita de Seven Up, un encendedor y un finito se convirtió en la mejor pipa abortera. -¿Por qué el corrector no reconoce la palabra 'abortera', no?- Justo cuando se le encendió aquel mundo verde donde humeaban y quemaban y nadaban todos los elementos, la puerta corrediza se desliza y se asoma una cabecita rubia. Era mi vieja. Al principio pensé que no se había dado cuenta, pero aquello nos llevó al parquecito, cada unx con su vaso.
A la vuelta, compramos dos promociones de súper panchos en la esquina de mi casa. Las calles volvieron a escuchar las concavidades de nuestras gargantas. Los abracé y después, con mi perro en manos, crucé la esquina de Bustamante y Juncal. Caminaba tranqui, pensando en las últimas horas. Levanto la mirada cuando salgo del recuerdo, hay un tipo enfrente mío. Se acerca. Caminamos enfrentados, su pelo escaso parece el de un cura. Sus ojos son celestes, los recuerdo. Está a diez metros. Mi cara y mi cuerpo de transforman. Esta a ocho metros. Estoy alerta. Lo veo terminar de pasar el brazo por la manga de la mochila. Sus ojos no dejan de mirar. No dejan de mirarme. Esta a cinco metros. No parpadea. Siento que no hay nadie más en la calle o en este mundo más que nosotros dos. La clara transparencia está llena de oscuridad. Pienso a cuántas otras pibas miró así. Pienso en todas las cosas que esa mirada es capaz de hacer. Esta a tres metros. Mis pasos son firmes, rápidos, mi mirada está clavada en algo que no veo pero está enfrente mío. Lo miro también, no quiero perderme nada. No quiero perderme. Esta a dos metros. Me late el corazón, se me sale del pecho no veo nada todo es oscuro y sus ojos me hacen sangrar me cortan como el vidrio como cuchillas desde el interior de mi cuerpo. Acuchillan mi condición. Mi condición. Estoy sola. TENGO MIEDO. Dejo de respirar. Está a un metro, ahora yo no puedo dejar de mirarlo y no puedo dejar de querer mirarlo. Pasamos como dos trenes lentos y me rescato de que estoy del lado de adentro. No puedo moverme. Del otro lado hay dos contenedores de basura. Negros. Todavía no fueron sellados. Pienso en que no tengo salida. Mi mente dispara imágenes como una ruidosa ametralladora. Su cuerpo avalanzándose sobre mi, el aliento rancio a alcohol y destrucción y patriarcado. Tapándome por completo, estableciéndose sobre mí, tapando toda la luz. Apagándolo todo. Soy solo una figura en la ciudad. Ya no soy. Gritos llanto MIEDO. Está a medio metro. Sigo sin respirar. Dejo de sentir. Camino rápido. TENGO MIEDO.
Blanco.
Paso.
Ya está, me digo.
No está, me digo.
Miro para atrás, camino lo más rápido que puedo. Mi remera sin corpiño rebota. Quiero correr. Miro para atrás. Saco las llaves. Las tengo en la mano. Me había olvidado de Toto, se queda oliendo un tacho, lo llamo. Apreto fuerte las llaves. Miro para atrás. Desapareció. Llegué y solté todo el aire, todo el miedo, toda la injusticia, todo mi dolor. Todo nuestro dolor. Suelto y mi cuerpo se vacía y las pienso a todas. A todas. Me sostengo de la columna, me abren la puerta. Le agradezco a Antonio, miro fijo hacia adelante, todavía me duele el corazón. En la mitad del camino, justo abajo de la luz, me doy la vuelta. Lo miro a Antonio, le digo '¿No odias esos tipos que no dejan de mirarte? ¿Que parece que disfrutan de tu miedo?'. Se me queda mirando. Encoge mínimamente los hombros. O quizás me lo imaginé. Creo que no hizo nada. Creo que no entendió. Igual, le digo, Toto me salvaba. Fuerzo una risa, él fuerza la tuya, mueve la cabeza a un costado. Subo las escaleras, abro el ascensor.
Digo en voz alta; qué paja, que me tengan que salvar.
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