Luna en Escorpio/ Calles adoquinadas

Luna en Escorpio

Caminaba por las calles de adoquines, extasiada por el sol de las seis de la tarde y un poco atareada por los sonidos de los turistas. Muchos idiomas al mismo tiempo, autos que se estacionaban y otros que salían, peleas entre los dos con los trapitos de la calle Borges. Entre todo ese caos, ella miraba al sol con los ojos cerrados. No se daba cuenta pero sus pies frenaban para ese rito. Se encajaban en las grietas del suelo adoquinado, sus brazos se abrían apenas, casi como en señal de redención. Si se la miraba de cerca, uno podía confundir ese gesto con uno casi religioso. Sus miradas al sol con los ojos cerrados, duraban aproximadamente diez segundos, a veces hasta veinte. Pero nunca más. Aunque aquellos segundos eran vitales, a veces la ciudad se convertía para ella en una gigantesca boca oscura y ruidosa que a veces amenazaba con devorarla. El rito se convertía en un juego, podía estar en cualquier parte donde brille el sol que intente enceguecer la oscuridad urbana.
Había una leve sonrisa en su rostro, el calor le acariciaba los hombros por sobre los pequeños volados de su vestido beige. Era un vestido parecido a aquellos de los sesenta, con un atenuado vuelo de campana de una tela parecida al satín. Su pollera se resistía a la inercia, como las típicas imágenes de mujeres caminando en el viento con sus polleras para atrás, mientras ella seguía caminando sin dirección. La noche anterior había tenido un sueño horrible. Objetivamente, no fue tan horrible. Los personajes de la ensoñación pertenecían a aquel gran círculo de amigos interconectados -que a su vez contenía dentro pequeños círculos de otros grupos de amigos interconectados- había confluido en una casa para una fiesta o una reunión de algún tipo. El sueño fue de una reencuentro. El de ella con él. Aborrecía los sueños que anulaban todos los intentos por alejar su recuerdo. Por atravesarlo o de alguna manera, superarlo. En el sueño nunca se hablaban, vagamente recordaba saludarlo. Se habían mirado, un par de veces, pero ninguno de los dos jamás rompía esa distancia. Se terminaba el sueño y la noche, parte de la fiesta subía las escaleras, parte las bajaba. Como una máquina de simbolismos los caminos volvían a dividirse. Ella lo siguió, notaba sus intentos de resistir o esquivar sus miradas. En algún momento, él se fue sin saludar. El reencuentro nunca fue un encuentro en realidad.
Despertó un poco aturdida, en aquel limbo de los ojos cerrados, notó que había dejado la persiana abierta. La cerró y volvió a dormirse, o a intentar hacerlo. Quiso intencionar el reencuentro para la continuación de su fantasía, pero eso no pasó y ella tampoco pudo volverse a dormir. Esas eran las pequeñas trampas, esos lugares a los que se vuelve porque alguna vez te han hecho muy feliz. La seguridad del pasado o la promesa ilesa de un sueño. Creía llanas las posibilidades del dolor que pudieran generarse en cualquiera de aquellas dos variables. Prefería engañar un poco su duelo y visitarlo en sueños. Luego después se quejaba para equiparar un poco la balanza. El odio y el dolor se llevaban muy bien. De cualquier manera, ya no era como antes. Quizás su recuerdo la perseguía un poco con los ojos cerrados, pero ya no era así cuando los abría. Había tomado el control de su vida despierta.
Por eso salía a caminar sin dirección, por Palermo, con billetes contados en su cartera marrón. Había desarrollado varias técnicas para avanzar. También se había detenido. Tanto que ella misma se asustó. Había dejado de comer, dormía mucho, hacía solamente lo justo para lo que se le pedía. En esos días de sombras pronunciadas, una nube se le colocaba encima y lo oscurecía todo a su paso. El interés era una palabra perdida y olvidada y ella no sentía nada de él al hacer cualquier cosa. En pocas palabras se había deprimido. Detenido. Como nunca antes lo había hecho. Y eso la asustó, porque no se reconocía así. Primero vino el susto, después la ira, con ella y con él. En aquel paso también el dolor lo tiró todo abajo, la pérdida de la fe. Por cada amor, venía un desamor. Y ella nunca había podido lidiar con lo segundo. Pero al final, siempre lo hacía.
Seguía caminando, los adoquines se habían terminado y ahora se extendía un lengua de asfalto larga y vasta. El sol todavía estaba presente pero ya no lo sentía tan fuerte sobre los volados de sus hombros. Pasaba una señora encorvada y una mujer con su hija en guardapolvo blanco, levantó la vista y vio un cartel con la propaganda de una camioneta Volkswagen y un hombre vestido con una camisa militar. Se suponía que debía generar la mediana idea de un hombre valiente. Ella pensó que era una estupidez, había conocido muchos varones con una característica cobardía masculina, quienes le temían mucho más a sus sentimientos que a mandarse con una camioneta por el Himbalaya. Ella sentía que se había tenido que hacer cargo de cada desamor, de ponerlo sobre la mesa. De simplemente decirlo. Verbo común. Hablar.
La herida estaba fresca todavía. Lo que había cambiado era que mientras seguían juntos, la herida ya hecha no paraba de sangrar, ella supo ver que debían separarse, para por si sola poder sanar. Y así lo hacía, paso a paso, entre los adoquines agrietados y las lenguas de asfalto ardientes. Disfrutando de los ritos y las miradas al sol, volviéndose a enamorar de ella misma. Algunos días todavía se detenía, las nubes se instalaban y todo se volvía de noche. En el mejor de los casos, se armaba un cigarrillo, y disfrutaba de la sombra.

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