Luna incógnita/ Oh it was love at first sight
Oh it was love at first sight
Fabio se limpia las botas, pasa el trapo, que alguna vez fue parte de una remera, por la parte superior y lo va subiendo hasta abarcar todo el tronco de las botas de lluvia. Es un gesto inútil, él lo sabe. Minutos luego de terminar de hacerlo volverá a ensuciarlas en el barro que recubre el criadero de chanchos donde trabaja. Un extraño impulso lo lleva a hacerlo, son las seis de la mañana y todavía le quedan un par de minutos hasta que empiece su jornada a las seis y media. El patrón de los peones era Claudio, un hombre nacido en Villa Cañas, pueblo que quedaba a 30 kilómetros del criadero “Las Rosas” en Santa Isabel y a 50 de donde vivía, un barrio cerrado en Venado Tuerto. Fabio no se queja, trabaja diez horas, de seis y media a cuatro y media desde que tiene 16 años. Una década después, llega religiosamente a casa a las cinco de la tarde en su moto roja, que ya es más bordó por las cascadas de barro y agua del camino de ripio que conducen al campo. Duerme una siesta hasta la hora de la cena, su mujer y su hija lo esperan con la comida hecha. Fabio no se queja, ve los partidos de Boca con su hija, que le salió “bien bostera” como él le dice, y no duerme solo por las noches. A Blanca la conoció en la escuela del pueblo casi a la misma edad en que empezó a trabajar. Se habían casado cuando ella quedó embarazada y los primero años de matrimonio, como los primeros meses de novios, fueron tranquilos y rutinarios. Toda su historia como pareja le hacía acordar a la receta de una torta que nunca se había salido del molde y tampoco tenía demasiado sabor. Su historia era mucho más una sucesión de eventos monocromáticos que una historia de amor. Había que comer y tenía una familia que mantener. Había que calzarse las botas, el mamuleco, y ponerse a trabajar. Siempre había sido así. Fabio no se quejaba y tampoco lo pensaba demasiado. Quizás, para no encontrar las razones para quejarse.
Fabio se limpia las botas, pasa el trapo, que alguna vez fue parte de una remera, por la parte superior y lo va subiendo hasta abarcar todo el tronco de las botas de lluvia. Es un gesto inútil, él lo sabe. Minutos luego de terminar de hacerlo volverá a ensuciarlas en el barro que recubre el criadero de chanchos donde trabaja. Un extraño impulso lo lleva a hacerlo, son las seis de la mañana y todavía le quedan un par de minutos hasta que empiece su jornada a las seis y media. El patrón de los peones era Claudio, un hombre nacido en Villa Cañas, pueblo que quedaba a 30 kilómetros del criadero “Las Rosas” en Santa Isabel y a 50 de donde vivía, un barrio cerrado en Venado Tuerto. Fabio no se queja, trabaja diez horas, de seis y media a cuatro y media desde que tiene 16 años. Una década después, llega religiosamente a casa a las cinco de la tarde en su moto roja, que ya es más bordó por las cascadas de barro y agua del camino de ripio que conducen al campo. Duerme una siesta hasta la hora de la cena, su mujer y su hija lo esperan con la comida hecha. Fabio no se queja, ve los partidos de Boca con su hija, que le salió “bien bostera” como él le dice, y no duerme solo por las noches. A Blanca la conoció en la escuela del pueblo casi a la misma edad en que empezó a trabajar. Se habían casado cuando ella quedó embarazada y los primero años de matrimonio, como los primeros meses de novios, fueron tranquilos y rutinarios. Toda su historia como pareja le hacía acordar a la receta de una torta que nunca se había salido del molde y tampoco tenía demasiado sabor. Su historia era mucho más una sucesión de eventos monocromáticos que una historia de amor. Había que comer y tenía una familia que mantener. Había que calzarse las botas, el mamuleco, y ponerse a trabajar. Siempre había sido así. Fabio no se quejaba y tampoco lo pensaba demasiado. Quizás, para no encontrar las razones para quejarse.
Aquella mañana, mientras se limpiaba las botas, observaba por sobre las chapas del depósito, la camioneta que estacionaba el patrón. Las dos puertas se abrieron al mismo tiempo, las dos de adelante. Lo supo por los ruidos, y la costumbre, desde el punto de mira, Fabio solo podía observar el lado derecho de la camioneta, de él salió un chico que nunca antes había visto. El trapo sucio quedó suspendido, las manos en el aire y los ojos abiertos, muy abiertos. Fue también, un impulso extraño. No debía de tener más de 15 años, flaco, de pelo castaño claro, casi rubio, con el flequillo hacia el costado atravesándole la frente. Tenía puesta una campera negra, jeans, nada especial. Fabio empezó a sentir calor adentro del mameluco. De repente, un grito. Claudio llamaba a José, otro peón, Fabio sabía que debía ir él también. Aquel ruido no logró sacarlo de su trance, sin despegar los ojos del chico, camino hasta reunirse con ellos.
Algo se había despertado y como una bestia con insomnio, se negaba a sucumbir. El chico era el hijo del patrón, era bastante obvio. Por la ropa que llevaban Fabio deducía que tenían plata, el pelo y la piel clara no eran los dejos de una vida de trabajo en el campo. Fabio caminaba por detrás del patrón y José que estaban conversando con el chico caminando a la par. Nadie los había presentado, Claudio ni siquiera lo había saludado. Pero él no se quejaba, a los peones nunca los saludan y el viejo José lo conocía a Claudio desde que andaba en bombachas.
Un poco cabizbajo, Fabio camina mordiendo con la suela de sus botas casi limpias el pasto seco del campo. El chico camina igual y de repente, Fabio sonríe. El sol hace un efecto cuando se refleja en la remera gris casi blanca del chico, como si estuviera prendiéndose fuego y las llamas desprendieran el olor al encanto y a las flores de los limones en verano. Había algo en la juventud que desprendían las fibras de algodón de su remera que lo cautivaba y desconcertaba al mismo tiempo. La imagen y los olores despertaban a una grisácea vejez que se había instalado en él hace mucho tiempo.
El chico era tímido, se llamaba Santiago y Fabio no podía dejar de observarlo. Se sentía invadido por la necesidad de seguir sus movimientos, como si su mirada estuviera atada a su cuerpo. Se detiene. Involuntariamente, sorprendido. Aquel calor del sol de mañana se ha convertido en un calor peligroso y un deseo irrefrenable oprime sus pantalones. Recuerda las pocas veces que aquello sucedió. El pasto de convierte en un cemento manchado de tiza y su alrededor en gritos y saltos y corridas. Fabio tiene 10 años y esta en la escuela, él y un compañero se esconden detrás de un banco y se miran, fijo, se tocan. El suelo es de madera, Fabio es un poco más grande, él y su primo Norberto ven porno desde el celular, el único que hay. Dos hombres se besan, ellos deciden intentarlo.
Fabio cierra los ojos muy fuerte. Su cuerpo sigue liberando espasmos. Ahora los abre, retoma el camino. El chico se ve aún más pequeño, en la distancia su figura parece una pintura, Fabio sonríe, lo sigue. Acepta su deseo irrefrenable, su impulso extraño.
Algo se había despertado y como una bestia con insomnio, se negaba a sucumbir. El chico era el hijo del patrón, era bastante obvio. Por la ropa que llevaban Fabio deducía que tenían plata, el pelo y la piel clara no eran los dejos de una vida de trabajo en el campo. Fabio caminaba por detrás del patrón y José que estaban conversando con el chico caminando a la par. Nadie los había presentado, Claudio ni siquiera lo había saludado. Pero él no se quejaba, a los peones nunca los saludan y el viejo José lo conocía a Claudio desde que andaba en bombachas.
Un poco cabizbajo, Fabio camina mordiendo con la suela de sus botas casi limpias el pasto seco del campo. El chico camina igual y de repente, Fabio sonríe. El sol hace un efecto cuando se refleja en la remera gris casi blanca del chico, como si estuviera prendiéndose fuego y las llamas desprendieran el olor al encanto y a las flores de los limones en verano. Había algo en la juventud que desprendían las fibras de algodón de su remera que lo cautivaba y desconcertaba al mismo tiempo. La imagen y los olores despertaban a una grisácea vejez que se había instalado en él hace mucho tiempo.
El chico era tímido, se llamaba Santiago y Fabio no podía dejar de observarlo. Se sentía invadido por la necesidad de seguir sus movimientos, como si su mirada estuviera atada a su cuerpo. Se detiene. Involuntariamente, sorprendido. Aquel calor del sol de mañana se ha convertido en un calor peligroso y un deseo irrefrenable oprime sus pantalones. Recuerda las pocas veces que aquello sucedió. El pasto de convierte en un cemento manchado de tiza y su alrededor en gritos y saltos y corridas. Fabio tiene 10 años y esta en la escuela, él y un compañero se esconden detrás de un banco y se miran, fijo, se tocan. El suelo es de madera, Fabio es un poco más grande, él y su primo Norberto ven porno desde el celular, el único que hay. Dos hombres se besan, ellos deciden intentarlo.
Fabio cierra los ojos muy fuerte. Su cuerpo sigue liberando espasmos. Ahora los abre, retoma el camino. El chico se ve aún más pequeño, en la distancia su figura parece una pintura, Fabio sonríe, lo sigue. Acepta su deseo irrefrenable, su impulso extraño.
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