Luna en Capricornio/ Una fortaleza con paredes de papel
Luna en Capricornio
Giro la cabeza hacia un costado, casi por casualidad y lo veo venir. Espero, entonces. Espero porque a él le gusta abrirme la puerta o quizás es a mí a quien le gusta que se la abran. Hay en ese gesto una mezcla de amabilidad y un cortejo inútil al que cedo sin remedio y con placer.
- Usted... ¿cree que esta semana fue difícil?
Caminamos a la par, él casi trota en la desmedida gestualidad que trae consigo la edad. Tiene las llaves en la mano que tintinean mientras piensa y fija la mirada en sus pies.
- Sí. Ésta y la anterior.
Miro sus pies dentro de esos mocasines oscuros y gastados y los míos, en los borceguíes marrones. Se mueven al mismo tiempo, como una canción que no se va nunca de ritmo.
- Hay algo raro... el país, las cosas, los astros. Desde que tengo memoria septiembre es un mes difícil.
Ya no hablamos más. Nuestros intercambios son cortos y precisos. Cortos pero profundos. Ninguno de los dos sabe qué nos pasa, pero los dos nos sentimos presos de su impacto. Lo sé. Puedo ver su dolor en esos vidriosos redondeles vacíos colmados hasta el tope. Desbordantes.
Me asombra, me apasiona su vejez.
La infernal primera semana de septiembre me presiona los sesos. No puedo distinguir encuentros de desencuentros y todo es una mezcla de amor y mucha sal que me arde en los ojos y en las pieles abiertas. Me siento un animal que escribe. Ahora en un diario rojo. No es el que quería, pero no tenía plata o no quería gastarla. Me siento roja. Muy roja, últimamente. Más allá de las connotaciones socialistas, hay una fortaleza con paredes de papel que no para de crecer. Las columnas son hileras de libros amontonados en los rincones de mi habitación. Me resulta extraño, paradójico y casi irreal, el fuego que siento arder en las entrañas después de que me hayan volado tantas bombas en la cara y sienta el cuerpo hecho de cenizas.
Me miro frente al espejo. Vuelvo a sentirme un animal con ropas perfumadas. Escucho el ruido que es casi un rebote en la inercia del ascensor que llegó.
Me doy vuelta. Juan me mira a lo lejos y espera. Inclino la cabeza y nos miramos a los ojos.
- En la lucha, chiquita, siempre en la lucha.
Giro la cabeza hacia un costado, casi por casualidad y lo veo venir. Espero, entonces. Espero porque a él le gusta abrirme la puerta o quizás es a mí a quien le gusta que se la abran. Hay en ese gesto una mezcla de amabilidad y un cortejo inútil al que cedo sin remedio y con placer.
- Usted... ¿cree que esta semana fue difícil?
Caminamos a la par, él casi trota en la desmedida gestualidad que trae consigo la edad. Tiene las llaves en la mano que tintinean mientras piensa y fija la mirada en sus pies.
- Sí. Ésta y la anterior.
Miro sus pies dentro de esos mocasines oscuros y gastados y los míos, en los borceguíes marrones. Se mueven al mismo tiempo, como una canción que no se va nunca de ritmo.
- Hay algo raro... el país, las cosas, los astros. Desde que tengo memoria septiembre es un mes difícil.
Ya no hablamos más. Nuestros intercambios son cortos y precisos. Cortos pero profundos. Ninguno de los dos sabe qué nos pasa, pero los dos nos sentimos presos de su impacto. Lo sé. Puedo ver su dolor en esos vidriosos redondeles vacíos colmados hasta el tope. Desbordantes.
Me asombra, me apasiona su vejez.
La infernal primera semana de septiembre me presiona los sesos. No puedo distinguir encuentros de desencuentros y todo es una mezcla de amor y mucha sal que me arde en los ojos y en las pieles abiertas. Me siento un animal que escribe. Ahora en un diario rojo. No es el que quería, pero no tenía plata o no quería gastarla. Me siento roja. Muy roja, últimamente. Más allá de las connotaciones socialistas, hay una fortaleza con paredes de papel que no para de crecer. Las columnas son hileras de libros amontonados en los rincones de mi habitación. Me resulta extraño, paradójico y casi irreal, el fuego que siento arder en las entrañas después de que me hayan volado tantas bombas en la cara y sienta el cuerpo hecho de cenizas.
Me miro frente al espejo. Vuelvo a sentirme un animal con ropas perfumadas. Escucho el ruido que es casi un rebote en la inercia del ascensor que llegó.
Me doy vuelta. Juan me mira a lo lejos y espera. Inclino la cabeza y nos miramos a los ojos.
- En la lucha, chiquita, siempre en la lucha.
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