Luna en Libra/ Ya no seré feliz
Luna en Libra
Ya no seré feliz. Tal vez no importa.
Hay tantas otras cosas en el mundo;
Un instante cualquiera es más profundo
Y diverso que el mar. La vida es tan corta
Y aunque las horas son tan largas, una
Oscura maravilla nos acecha,
La muerte, ese otro mar, esa otra flecha
Que nos libra del sol y de la luna
Y del amor. La dicha que me diste
Y me quitaste debe ser borrada;
Lo que era todo tiene que ser nada.
Sólo me queda el goce de estar triste,
Esa vana costumbre que me inclina
Al Sur, a cierta puerta, a cierta esquina.
Jorge Luis Borges.
Me paro en la esquina. Empapada. El agua de lluvia cuelga de mi pelo azul, de mi vestido azul, largo, mojado, se arrastra por el piso. La noche es oscura, y lánguida. Lenta pero contenida. No hay nada, no hay nadie.
Claro que hay un montón de cosas. Millones, billones. Hay movimiento en mi cuerpo y en los cuerpos que yacen dormidos o despiertos dentro de edificios que me rodean.
A veces encuentro la calma cuando despojo a la existencia de aquel halo que le propongo también. La imagino contenta, contenida, vibrante. Cuando no la siento como la sé, caigo en picada.
Oscurece y floto, lánguida, en las esquinas del mar. No sé de qué extremo me encuentro. Creo que nado, automática, kilómetros y kilómetros sin encontrar la orilla.
De las noches que me asfixio y me repelo, temo cuando miro al Sur. ¿Volverá la angustia en el momento de paz? ¿Cómo hacer que el Sol no le tema a la Luna?
No conozco los remedios para alivianar los temores nocturnos.
¿Cualquier instante que lo era todo tiene que ser nada? Antes envidiaba, la liviandad que creía tenían los escépticos. Ya no sé si es liviandad. Si ningún instante importa, cada segundo puede ser oro, cada presente puede ser todo. Depende de los ojos que observen.
Estoy un poco cansada de mi existencia sensible a la significación constante. Depende los ojos de cada día, si mi vestido azul se arrastrará por las baldosas rotas que lo empapan un poco más. No puedo escaparme de mí. Muy seguido encuentro que para entender algo me tengo que ver en ello, en ella. ¿Y cómo dejarle de temer a la luna si el mar te atraviesa todo el tiempo?
Quitarle el halo de impoluta felicidad a la existencia es un poco dejar de empaparse todo el tiempo de sentido. Es abrumador. Especialmente porque no tengo la solución. Y preguntarse por ella también es, abrumador.
Sigue sin haber nadie, sigue sin haber nada. Sigue habiendo tanto silencio cargado de misterios. Me siento, en una entrada, en una esquina y observo. Los mares de preguntas, las miles de hojas sin leer.
Y cuando camino, junto con mi sombra, ya no veo el halo de la existencia. Si veo la intensidad del instante, la presencia de la ausencia. Cualquiera sea ella.
Y camino
sin planes
floto en el mar.
Ya no seré feliz. Tal vez no importa.
Hay tantas otras cosas en el mundo;
Un instante cualquiera es más profundo
Y diverso que el mar. La vida es tan corta
Y aunque las horas son tan largas, una
Oscura maravilla nos acecha,
La muerte, ese otro mar, esa otra flecha
Que nos libra del sol y de la luna
Y del amor. La dicha que me diste
Y me quitaste debe ser borrada;
Lo que era todo tiene que ser nada.
Sólo me queda el goce de estar triste,
Esa vana costumbre que me inclina
Al Sur, a cierta puerta, a cierta esquina.
Jorge Luis Borges.
Me paro en la esquina. Empapada. El agua de lluvia cuelga de mi pelo azul, de mi vestido azul, largo, mojado, se arrastra por el piso. La noche es oscura, y lánguida. Lenta pero contenida. No hay nada, no hay nadie.
Claro que hay un montón de cosas. Millones, billones. Hay movimiento en mi cuerpo y en los cuerpos que yacen dormidos o despiertos dentro de edificios que me rodean.
A veces encuentro la calma cuando despojo a la existencia de aquel halo que le propongo también. La imagino contenta, contenida, vibrante. Cuando no la siento como la sé, caigo en picada.
Oscurece y floto, lánguida, en las esquinas del mar. No sé de qué extremo me encuentro. Creo que nado, automática, kilómetros y kilómetros sin encontrar la orilla.
De las noches que me asfixio y me repelo, temo cuando miro al Sur. ¿Volverá la angustia en el momento de paz? ¿Cómo hacer que el Sol no le tema a la Luna?
No conozco los remedios para alivianar los temores nocturnos.
¿Cualquier instante que lo era todo tiene que ser nada? Antes envidiaba, la liviandad que creía tenían los escépticos. Ya no sé si es liviandad. Si ningún instante importa, cada segundo puede ser oro, cada presente puede ser todo. Depende de los ojos que observen.
Estoy un poco cansada de mi existencia sensible a la significación constante. Depende los ojos de cada día, si mi vestido azul se arrastrará por las baldosas rotas que lo empapan un poco más. No puedo escaparme de mí. Muy seguido encuentro que para entender algo me tengo que ver en ello, en ella. ¿Y cómo dejarle de temer a la luna si el mar te atraviesa todo el tiempo?
Quitarle el halo de impoluta felicidad a la existencia es un poco dejar de empaparse todo el tiempo de sentido. Es abrumador. Especialmente porque no tengo la solución. Y preguntarse por ella también es, abrumador.
Sigue sin haber nadie, sigue sin haber nada. Sigue habiendo tanto silencio cargado de misterios. Me siento, en una entrada, en una esquina y observo. Los mares de preguntas, las miles de hojas sin leer.
Y cuando camino, junto con mi sombra, ya no veo el halo de la existencia. Si veo la intensidad del instante, la presencia de la ausencia. Cualquiera sea ella.
Y camino
sin planes
floto en el mar.
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