Eclipse en Sagitario/ Confundida
Eclipse en Sagitario
No sé por qué siempre queremos responder la pregunta del origen. Como si la pregunta del origen fuera la respuesta. A lo que sea. Hoy empezó por ver un tambor. Tú tambor. Y un cartel. Mi cartel. Que escrito con sharpie rojo pedía tirar el papel en el tacho. Lo hice hace un año, en mi cumpleaños, cuando trajiste tu tambor. Ni siquiera estoy segura de que ahí fue cuando empezó. Pero inútil, me planteo el origen. Le busco una respuesta al dolor.
Está todo lo fenoménico. El día gris, la panza demasiado llena, el eclipse. Ni idea. Y eso me carcome, que no sé por qué. Que me enojo con mis amigas cuando sé que no tengo razón. No sé qué espero de ellas. De ella. Ni siquiera es justo que no conteste los mensajes. No entiendo por qué estoy sufriendo pero estoy sufriendo. Y si no entiendo por qué, ¿tengo forma de pararlo?
Hoy me puse triste en la mesa. Mi abuelo siempre se da cuenta cuando me pierdo. Lo emociona. Apoyé los codos en el borde del mantel azul y mi cabeza en la palma de mi mano, miré un punto fijo a la izquierda, abajo. Mi ojo derecho se colmó despacio de agua. Antes de levantar la mirada sabía que él me estaba mirando. Del otro lado de la mesa sus dos ojos se llenaron despacio en vidriosos redondeles azules. Ninguno dijo nada.
Sé que en ese momento ya había empezado.
¿Habrá nacido cuando me mudé de ciudad? ¿Habrá empezado cuando nací? ¿O antes, en todas esas heridas ancestrales de las cuales mi vieja no puede parar de hablar?
Toto sueña y gime. Yo escribo, tenue, inmóvil. Tengo ganas de comer muchísimo chocolate.
Tengo ganas de dejar de sentirme tan mambeada y tengo más ganas de saber cuál es el origen de mi perturbación. Porque el eclipse está en sagitario pero si hay algo que no puedo encontrar, es una dirección.
No sé por qué siempre queremos responder la pregunta del origen. Como si la pregunta del origen fuera la respuesta. A lo que sea. Hoy empezó por ver un tambor. Tú tambor. Y un cartel. Mi cartel. Que escrito con sharpie rojo pedía tirar el papel en el tacho. Lo hice hace un año, en mi cumpleaños, cuando trajiste tu tambor. Ni siquiera estoy segura de que ahí fue cuando empezó. Pero inútil, me planteo el origen. Le busco una respuesta al dolor.
Está todo lo fenoménico. El día gris, la panza demasiado llena, el eclipse. Ni idea. Y eso me carcome, que no sé por qué. Que me enojo con mis amigas cuando sé que no tengo razón. No sé qué espero de ellas. De ella. Ni siquiera es justo que no conteste los mensajes. No entiendo por qué estoy sufriendo pero estoy sufriendo. Y si no entiendo por qué, ¿tengo forma de pararlo?
Hoy me puse triste en la mesa. Mi abuelo siempre se da cuenta cuando me pierdo. Lo emociona. Apoyé los codos en el borde del mantel azul y mi cabeza en la palma de mi mano, miré un punto fijo a la izquierda, abajo. Mi ojo derecho se colmó despacio de agua. Antes de levantar la mirada sabía que él me estaba mirando. Del otro lado de la mesa sus dos ojos se llenaron despacio en vidriosos redondeles azules. Ninguno dijo nada.
Sé que en ese momento ya había empezado.
¿Habrá nacido cuando me mudé de ciudad? ¿Habrá empezado cuando nací? ¿O antes, en todas esas heridas ancestrales de las cuales mi vieja no puede parar de hablar?
Toto sueña y gime. Yo escribo, tenue, inmóvil. Tengo ganas de comer muchísimo chocolate.
Tengo ganas de dejar de sentirme tan mambeada y tengo más ganas de saber cuál es el origen de mi perturbación. Porque el eclipse está en sagitario pero si hay algo que no puedo encontrar, es una dirección.
Comentarios
Publicar un comentario