Luna en Géminis/ En primera persona
Luna en Géminis
Me siento frente a la computadora y pienso en lo que implica escribir en primera persona. Escribo primero, de mí. Todas las otras formas de escritura siempre las sentí presionadas. Difíciles. En cambio cuando escribo de mí, es uno de los preciados momentos donde mi mente fluye, conmigo. Donde aquel Otro con el que hablamos en nuestras cabezas, se amiga con mi Yo. Y fluímos, las dos. Hasta en mi primer recuerdo, ahí estaba la escritura, fuera de mi, pero ahí estaba yo.
Desde que tengo ocho años escribo diarios. Los tengo guardados abajo de mi escritorio en una caja marrón. De por si mi escritorio es como yo: está abarrotado. Encima lleva mi lámpara de sal -rota hace más o menos dos meses- piedras amontonadas de todo tipo, algunas velas, un papelero que parece una maceta llena de flores de papel y fotos de las mujeres de mi familia. En la parte de abajo guardo las cosas de la facultad y otras varias. Si tu ojo no está entrenado, no hay chance de que te des cuenta que en esa caja marrón sin tapa, está mi vida.
Cuando tenía trece, un día me agarró la loca minimalista y quise deshacerme de un mueble de mi cuarto. Era un rectángulo blanco escrito con marcados negro de arriba a abajo donde guardaba libros, pero más que nada, todas esas cosas que no sabía donde guardar. La primera tarea era desagotarlo, destriparlo de las cosas inservibles y reubicar todas las que por alguna razón no podía tirar. Ahí fue cuando los encontré. El primer diario era rosa clarito, con márgenes en magenta y un corazón en el medio del mismo color. En los costados las dos tapas tenían un pedacito de metal donde alguna vez fue una llave. Hay cierta poesía en la idea de encerrar las palabras. Aquella tarde me acosté en el piso, apoyé las piernas contra la pared y me acosté a leer y llorar toda la tarde como una quinceañera a punto de hacer su programa favorito. Fui la primera persona en leerme a mi misma.
Cuando encontré aquel diario, no tenía llave. Como si me estuviera esperando.
A ese diario le siguieron muchos más. Y le antecedían otros. Todos los encontré. Algunos son libretas sin renglones, con letras cursivas grandes y redondas. Otros son rosas al estilo diario con candado, entre medio hay libretas para esos momentos donde se me había acabado el viejo y todavía no e había comprado otro lugar donde depositar mis palabras. Los últimos son más sobrios. Las tapas son oscuras, tienen gomitas para cerrarse y señaladores de tela. Renglones repletos de letra cursiva más linda, más puntiaguda, más ilegible.
"Destruye lo que te destruye" dice el diario más oscuro en su primera página. La tapa es negra y la gomita celeste, tenía quince años en esa época turbulenta donde me enamoré de la lluvia. Pero después algo cambió. Ahora me encanta la lluvia y en los días grises me siento segura, pero de otra manera. Mi diario actual es amarillo, me lo regaló mi mamá y en cada página tiene frases positivas. Hoy cambiaría la frase por "construye lo que te construye".
Años después recuerdo contarle a mi psicóloga que para mi escribir era como acostar los pensamientos. Hoy les hago la cama de la misma y de otra forma. Me parece una ironía tan acertada que haya arrancado este blog como "Cuaderno de Lunas". Es mi excusa para escribir un diario que esta vez no es solo para mi. Que no es impenetrable como los míos, que aunque lo encuentres y oses leerlo, nunca nadie entendería su letras. A veces fantaseo con eso, el hecho de que mi hija, mi hijo o mi nieta encuentren mis diarios y piensen que pueden conocerme a través de las letras. Think again.
El punto es que sigo escribiendo de la misma forma. Cuando tenía ocho años y escribí mi primer diario creo que sacaba la idea de alguna película o programa de televisión, escribía mi diario dirigiéndome a un público imaginario como si fuese I Carly hablándole a la cámara. Le escribía a alguien que nunca me leería. ¿Será que le hablaba a mi diario porque nadie más me escuchaba?
Lo único que sé es que ahora estoy acá, frente a la computadora escribiéndome en primera persona para un público imaginario. Un vacío hecho de unos y ceros y construcciones con lo que sobrevivió de aquel mueble del que alguna vez me quise deshacer.
Comentarios
Publicar un comentario